miércoles, 21 de junio de 2017

Frente al espejo

Ya ves, ya te hicieron llorar, como siempre. Si cada vez que te visitan terminas aquí, llorando, entonces tú eres la que está mal. ¡Vaya! Toda una vida de experiencia sacando a todo el mundo adelante, llevando siempre las riendas, para terminar así, como una chiquilla a la que le quitaron la muñeca.  

Entonces, no sabes escuchar. Es gracioso que te lo diga el hijo al que más veces ayudaste. Gracias a que supiste ser firme, no terminó en la cárcel, como el primo ese, con el que se juntaba. ¿Cómo es posible que no te lo agradezca? Entiendes que no lo haya hecho cuando era adolescente.  A esa edad a nadie le gusta que su mamá salga en camisón  frente a todos los vecinos y jale al hijo de una oreja por llegar borracho. 

Pero también sabes que cuando las personas maduran agradecen a sus padres lo que han hecho por ellas. ¿Entonces por qué los reclamos? Tú no lo entiendes porque jamás te hubieras atrevido a cuestionar a tus padres.  Y por supuesto tampoco hubieras permitido que tus hijos trataran mal a sus abuelos.   Ahora ya ni siquiera puedes darles consejos a tus nietos porque traen metidos los audífonos en las orejas todo el tiempo, oyendo quién sabe qué porquerías.  

Respira, tienes que calmarte, no puedes salir así a despedirlos. Te van a empezar a voltear los ojos y a preguntarte qué te pasa; a decirte que todo lo dramatizas y que no se puede hablar contigo sin que termines llorando.  

Ya, ya.  Ahora sí te sorprendieron ¿no? Jamás esperaste que tu nieta fuera la ganadora en el gran pleito de hoy. ¿Cómo es posible que permitan que enseñe un tatuaje debajo del ombligo? ¿Cómo es posible que se enojen porque le dijiste que parecía presidiaria? ¡Que le faltaste al respeto tú, con tu comentario! Que por qué no te interesas en ella, que por qué no le preguntas qué hace o qué piensa en vez de agredirla, que por qué sólo miras los defectos. Ya no se acuerdan que tú le regalaste el vestido y la fiesta de 15 años. Tampoco que hablaste con el director de su escuela para que fuera admitida a pesar de su bajo promedio. ¡Ah!, pero no se los recuerdes porque entonces te salen con el cuento de que se los estás restregando en la cara y que nadie te pidió que lo hicieras. 

¿Y entonces qué quieren qué tu hagas? ¿Entonces a qué vienen, si cuando les quieres ayudar a resolver sus problemas, se enojan? Que ya no son unos niños, dicen. ¡¿Y eso qué?! Tu sigues siendo su madre. ¿Quién les va a decir entonces lo que está mal? 

Entonces, no te interesa saber nada, claro. Ya vez cómo se puso ahora tu nuera, sólo porque le ofreciste gelatina. ¿Y de qué te sirvió hacer la gelatina? A ti te gusta la de limón y sólo porque venían ellos la hiciste de otros sabores y hasta pedacitos de fruta le pusiste. Y ahora te salen con que tú sabías que a ella nunca le ha gustado la gelatina y que insistes en ofrecerle gelatina porque no te importa lo  que quieren los demás. 

¿Y lo que tú quieres? ¿Eso a quien le interesa? Más preocupados están en llevarte al médico. ¡Eso, para que no des lata!, claro. Entre menos te enfermes, menos te visitan.  

Ya, ya, respira, ya no llores tanto, mira cómo se te hinchan los ojos.  Anda, ve a despedirlos, no te lleves el bastón para que vean el trabajo que te cuesta caminar y entiendan que ya no puedes estar sola. Prende la luz del patio cuando salgan para que te pregunten sobre los adornos de Navidad que colgaste. Diles que te ayudaron a ponerlos los nietos del vecino, que sí son muy lindos y muy educados. 

Y hoy no te tomes las pastillas, para que se les quite, ingratos. 

Paloma Guzmán

lunes, 19 de junio de 2017

Burócrata güero

Siguiente es una palabra de tres sílabas pero el individuo detrás de la ventanilla la pronunció de cuatro, con un ligero acento en la tercera: "si-gui-én-te". Escupió la te e hizo de la o final un diptongo cuanto nos preguntó sin mirarnos siquiera, "¿Desttinou?" Wildrow Farms, fue mi respuesta. Entonces nos miró en etapas, siguiendo cada paso y en orden el manual de observación con el que fue entrenado en un curso estandarizado, certificado, como su cultura toda.

Examinó mi rostro y luego el de mis hijos, mi ropa y luego la de mis hijos.  "¿Mottivou del... (aquí una palabra ininteligible)?" Pronunció "viahe" con una jota aspirada, y como no quería suponer ni equivocarme le dije: “Excuse me, I didn’t get the last part”.  El hecho de que yo hablara su idioma cambió por completo su semblante.  Se tornó más relajado pero no  más cortés.  Sus preguntas se volvieron oraciones completas, pero no por ello menos despectivas.  Me hizo pensar que los burócratas son iguales aquí y en China y, por supuesto, en la Embajada gringa.  Saludarte no vale la pena y mirarte tampoco.

Después de explicarle el motivo de mi viaje, pidió mis comprobantes de ingresos.  Quizás la vista sobre los papeles le hizo olvidar que habíamos estado hablando en su lengua y por eso escupió nuevamente el sonido de la ce en la siguiente pregunta: "¿Okkkupación?  Sssoy maessstra de inglésss, le dije, arrastrando las eses en señal de dessspresssioo.  Puso los sellos correspondientes en las visas de mis hijos y me dijo en el inglés más coloquial y grosero que qué bueno que en "América" no necesitaban de una segunda lengua.

Paloma Guzmán

sábado, 10 de junio de 2017

Irenes

Caminaba hacia la luz cuando me acordé de Irene, la independiente y orgullosa. ¿Qué habrá sido de ella? Amantes, esposa y familia  no me bastaron; seguía añorándola aún después de conocer a la otra Irene, la que vino en mi viudez para hacerme compañía.  Nada compartían más que el nombre y ese raro violeta de sus ojos. La segunda era tímida y huidiza, aunque dulce y ahora desamparada.

No la habían dejado entrar a mi cuarto de hospital; había escuchado que la llamaban sucia, aprovechada. Tenía que regresar, cerciorarme de que no le quitaran el dinero que le dejaba en herencia.

Todos atendían al testamento y cuando escuchó su nombre sonrió con ternura.  Pero mis hijos tenían pruebas de su engaño.  ¡Estaba casada! ¡Tenía hijos! "¡Embaucaste al viejo, interesada!”  Se quedó callada, como si fuera verdad.  Comprendí por qué nunca dejó que nos tocáramos.  Esa dulzura melancólica al verme, esas interminables y anhelantes preguntas que me distraían con un amor platónico pero maquiavélico. ¡Remedo de amante!

No había más asunto allí en la tierra.  Busqué la luz y partí.  Cuando llegué a la gran antesala, encontré a la primera Irene.  Corrió hacia mí y me preguntó: ¿Te encontró al fin nuestra hija?

Paloma Guzmán 
Marzo 2014

sábado, 27 de mayo de 2017

Karen

Me llamo Karen, así me han dicho desde que nací. Yo, a mí misma, me digo Karen y me presento así. No recuerdo de dónde sacaron ese nombre, de una telenovela, quizás. Lo que sí recuerdo es el primer día de escuela, el día en que las monjas me pasaron lista y no contesté. La madre Carmela fue a mi lugar y con un jalón de oreja me preguntó por qué no contestaba. “María del Rosario Ramírez Juárez, pon atención escuincla”. Curtida como era, se me olvidó el dolor pero no el desasosiego de no ser quien soy. 

Llegué a casa y les reclamé a mis padres no haberme puesto Karen. Les exigí con toda mi elocuencia infantil, esa por la que siempre me agarraban a coscorrones, que me explicaran de dónde habían sacado ese pinche nombre. Después del manotazo abierto en el cachete me contaron que mi madrina se llamaba María y mi padrino Rosario. Habían pagado el hospital cuando nací y había que agradecerles. 

Entonces les solté toda la sarta de malas palabras que ellos usaban cuando se enojaban mucho y con el permiso de ser adultos: “Pues yo soy Karen, les guste o no, par de huevones malagradecidos, puercos cochinos, vaquetones. Son igualitos de pelados que la tía Chona y van a terminar muy mal como el tío Juan: sin oficio ni beneficio. Algún día se arrepentirán por estas canas que me están sacando”.


Marzo 2017

viernes, 22 de julio de 2016

POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

Todos los domingos íbamos a misa de doce.  El calor insoportable dentro del auto me ponía de mal humor.  Nos hacinábamos en un Renault Diez viejísimo, pero antes de subirnos teníamos que poner unos trapos encima de los asientos de vinilo paro no quemarnos el trasero.  Éramos tantos que todo el camino era encajarse codos y rodillas. Mi madre nos llevaba a una iglesia en donde el sacerdote era un viejito senil; se le olvidaba que ya había leído el Evangelio y lo repetía dos veces. Pero a ella no le importaba pues era una mojigata de primera, en absoluto como las otras mamás; me recordaban a Jane Fonda cuando salió en la película Xanadú: se ponían unos vestidos pegaditos al cuerpo, con un cinturón grueso y la faldita amedio muslo.  Nunca preguntaban si ya me había confesado ni cosas embarazosas por el estilo.  Mi madre, en cambio, era gorda y siempre usaba unas faldas largas, amplias hasta la rodilla, y unos zapatos gruesos horribles porque se le hinchaban mucho los pies.  A mis amigas  les hablaba de mis calificaciones y siempre les preguntaba si sus padres se habían casado por la iglesia.  Se peinaba como las sufridas de las películas de Pedro Infante y se ponía un velo sobre la cabeza para escuchar misa; ¡eso ya ni se usaba!

Cuando terminaba la ceremoniamis hermanos más pequeños y yo teníamosque rezar con ella un interminable Rosario.  El primer misterio, o como se llame, era el más torturante de todos, como el primer ensayo de la declamación para el día de las madres. Todo el tiempo pensaba "Ay, por favor, por favor, que se acabe el mundo en este instante".  Mi madre empezaba: "Dios te salve María, llena eres de gracia...".  Antes de decir la respuestilla era tanta mi negación que hasta la garganta me dolía. Pero a la tercera o cuarta cantaleta mi cerebro ya se había desconectado de mi boca.  Me imaginaba estar en uno de mis programas favoritos. Ultra Seven ganaba una de sus batallas; yo me besaba con Jiro, el niño que siempre lo acompañaba en sus aventuras.  Al sexto o séptimo estribillo del consabido misterio, yo ya era la Señorita Cometa y estaba resolviendo un problema muy importante y, como en todos los episodios, rompía un poco las reglas.  Al terminar de rezar volvía de mi dulce sueño a una realidad donde mi madre nos tomaba de la mano a cada uno, nos jaloneaba hasta el altar y nos hacía persignarnos de rodillas frente al Sagrado Corazón.  Salir por fin a la calle era como soltar esa pedorrera que te aguantas por un siglo cuando hay visitas. Luego, en el camino a la casa, se ponía a hablar con mi papá sobre mí o sobre alguno de mis hermanos, o sobre la manada completa, según fuera el pecado. Se quejaba de nuestras travesuras y nos acusaba como si no estuviéramos ahí.

Los Rosarios terminaron por fin en mi adolescencia, cuando los exámenes de la preparatoria se convirtieron en un buen pretexto para no ir a misa. Ahora sólo me acuerdo de mi religión cuando lleno un formulario, pero una que otra vez tengo que volver a la iglesia. Lo hago por consideración a mi padre. Hoy  es el aniversario luctuoso de la vieja. Están todos mis hermanos, mis sobrinos, y los tíos que aún me quedan. Mis hijos de ocho y nueve años están en la primera fila.  Yo los miro de lejos, con sus cabecitas recostadas en los brazos del abuelo.  Escuchan atentos al Padre que da el servicio en honor a Luz, abnegada madre y esposa. Mis fantasías con Ultra Seven y la Señorita Cometa ya no me rescatan de la iglesia y todo su aburrimiento apestoso a incienso. Mis lágrimas están a punto y siento la mirada compasiva de mis hermanos; seguro creen que la extraño.  No me doy cuenta que la ceremonia ha terminado hasta que mis hijos me toman de las manos.  Es hora de la hipocresía: llevarle flores a la muerta.  Me quedo quieta pero la procesión de parientes nos arrastra hacia las criptas.  Pienso en dejarlos ahí, huir, que nadie se dé cuenta. La voz de mi hija me sorprende: "Mami, te quiero contar que todos los domingos que tú te vas al cine con papi, mi abuelo nos trae a misa y al final, cuando todos se han ido, nos cuenta de cuando eras niña, de cómo rezabas con mi abue.  Qué crees, mami, después que el abuelo dice Dios te salve María y todo lo demás, yo contesto: Santa María, madre de Dios…”.

Paloma Guzmán
(Por ahí del 2011)


jueves, 7 de julio de 2016

Toc, toc

El último hombre sobre la tierra está sentado a solas en una habitación.  Su mirada vaga pero se detiene con el toc, toc. Entonces dice: Llaman a la puerta suavemente. Es ella, ansiosa por verme.

La piel desnuda de sus nalgas se despega del vinilo mientras se levanta. Ahora llevo puesta una finísima corbata.

Sólo hay una silla, pero mientras él camina pide en voz alta: ¡Que haya mesa y velas encendidas!

Toma la escoba del rincón y le habla. Eres exuberante, mi vida.

Inclina de lado la cabeza, tira un hilillo de baba, otra vez su mirada se pierde. En dos horas han pasado tres segundos. Gira y gira con los brazos extendidos y suelta una risita.Ya estoy bailando con ella la canción que le pedí a la orquesta.

Se detiene y se rasca la cabeza. Truena los dedos. ¡Que todos desaparezcan!. Gira y gira, termina el vals que no suena. Les hace una reverencia a los perros que miran. Es la multitud que me aplaude.

Ahora regresa y se sienta. Se balancea, pega la cabeza contra el muro. Toc, toc, suena. ¿Qué oigo? Llaman a la puerta. ¡Quieren derribarla!.  Se enrosca, se abraza, se orina...

Paloma Guzmán
Enero 2015
(Inspirado en un minicuento de Fredric Brown)